jueves, 25 de febrero de 2016

BENIGNO, EL CRISTALINO

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Vestido de Armani azul oscuro, entró en el vestíbulo. Los nuevos clientes lo estaban esperando, en la sala de reuniones. Escuchó sus propuestas, contestó sus dudas y aceptó el trabajo. En los últimos meses, Benigno había dado un giro en su profesión y no le iba nada mal. Prueba de ello era su nuevo uniforme, pasando de un mono de loneta azul a un Armani del mismo color.
        «Accidente doméstico» escribieron en el informe de ingreso en urgencias, donde fue atendido el 22 de Febrero, festividad de Santa Leonor. Nombre de su madre y agente en el episodio hospitalario.  Tras una noche de observación le dieron el alta sin más indicaciones que la de hacer vida normal, frase que dejaría de tener sentido muy pronto.
        Benigno acudió como cada lunes a comer a casa de su madre, esta vez, además, para celebrar la onomástica de su progenitora. La señora, algo obsesionada con la limpieza desde que su marido,  con la excusa de irse a comprar limpiacristales, desapareció. Pasaba el trapo cada veinte minutos, aproximadamente, por el cristal de la mesa del comedor, con lo incómodo que ello resultaba para familiares y extraños, sobre todo a la hora de comer. No sólo limpiaba de manera compulsiva, sino que le gustaba preparar sus propias mezclas para tal fin.
        Al lado de su plato de albóndigas, descansaba la pistola, con el que disparaba Doña Leonor, a diestro y siniestro, con tal mala fortuna, que uno de sus disparos le dio de lleno a su hijo. Bajo una nube de amoniaco y lejía, Benigno cayó desplomado. Los platos se quedaron a merced de los gérmenes, si es que alguno se había atrevido a sobrevivir al despliegue armamentístico. Y madre, hijo y ambulancia cruzaron la ciudad.
        Benigno, de profesión fontanero, a la semana de dicho episodio notó que los avisos de desatrancos los hacía en tiempo record, de hecho la compañía aseguradora para la que prestaba sus servicios empezó a recomendarle. Salvo el aumento de trabajo por este concepto, Benigno llevaba una vida normal, seguía acudiendo a casa de su madre los lunes, los miércoles echaba la partida de mus, en el bar de la esquina y los viernes se tomaba un par de gin-tonics con compañeros del sector.
        Acudió al reconocimiento médico anual, que la empresa ofrecía a sus empleados. Sus análisis evidenciaron unos niveles de colesterol y azúcar en sangre de libro. Sorprendido por los resultados, preguntó cuáles podían ser las causas de su mejoría.
-Pudiera ser el aumento de actividad en el trabajo, al que nos ha hecho usted referencia y una dieta más equilibrada, ¿no le parece?
-No lo sé, por eso se lo pregunto.
- No le dé importancia y siga con su vida normal.
Y Benigno siguió aumentando ingresos y bajando triglicéridos. En uno de los siniestros a los que acudió, detectó al sustituir el plato de ducha del asegurado, que lo que antes le costaba horas de cepillado, lijado, barrido y repaso, ahora lo hacía de manera rápida y limpia.  Pensó que tal vez se debía a que su madre le había contagiado su obsesión por la limpieza, desechó la idea y continuó trabajando. Pero había algo más, ¡algo extraordinario!, no se trataba de que ahora todos sus trabajos fueran limpios y que las tuberías de cobre que instalaba relucieran y las de PVC tuvieran un blanco nuclear, ni siquiera que te vieses reflejado en las de acero inoxidable o incluso en las de acero galvanizado (con lo difícil que eso es)…es que tubería que tocaba, tubería que se convertía en transparente. ¡Extraordinario!
 En los gin-tonics de los viernes, los del sector lo bautizaron como: «Benigno,el cristalino».

Todos los periódicos coincidieron en el titular de cabecera: «Fontanero ayuda a la policía en el esclarecimiento del crimen del Marqués».  Doña Leonor, leyó de principio a fin los artículos, no podía estar más orgullosa de la actuación de su hijo, por otra parte, circunstancial. Benigno había sido contratado por los hijos de Marqués, para sanear por completo la instalación de la casa paterna, que contaban con más años que Matusalén (casa y marqués). Quedó preciosa, le da un aire muy moderno a la casa, casi de anuncio de programa de decoración, entre sus techos altos con las vigas de madera a la vista y  las tuberías de calefacción y  agua, diáfanas y cristalinas

Gracias a esa reciente instalación la policía, a denuncia de la enfermera de Marqués y sin tiempo de llegar a ser su próxima esposa consiguió evidenciar la prueba de que la comida ingerida por el anciano, contenía metales pesados, dando fe de ello la policía científica y sus fotografías con el material adherido en las conducciones transparentes.

Benigno el cristalino mantuvo su colaboración con los agentes de orden y sobrellevó su poder hasta el final de sus días, a pesar de los intentos de Doña Leonor, que se acostumbró a rociarle con diferentes mezclas, en las comidas de los lunes, con la esperanza de recuperar a su Benigno de mono azul.

jueves, 18 de febrero de 2016

GOTA A GOTA

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Madrid, a 25 de enero de 2.037

En la vida, las cosas son distintas según llueva o no, y las personas también, Alfonso siempre ha preferido la lluvia ya no sé si por gallego o por deformación profesional.
Recuerdo que ya te conté cómo nos conocimos, lo que no te expliqué, me parece, fue cómo nos convertimos en socios.
Dicen que tras la tempestad viene la calma y que no hay precipitación que dure cien años (¡ah¡, ¡no!, es "mal" ¿no?), bueno lo mismo da, confío que me entiendas. Ahora ya ha pasado el chaparrón, pero la calma la estoy buscando todavía. Los días se me hacen muy largos y mi cabeza no para quieta.
Alfonso, como buen gallego, estaba acostumbrado a convivir con cúmulos, borrascas, neblinas… en todos los aspectos de su vida. En la exposición “Calabobos” nos presentó un amigo común. Ah! Espera esto te lo conté ya, ¿verdad?  A veces pierdo la noción y es aquí, el tiempo mide más.
Te escribo esto y me digo ¡Cómo no me di cuenta de que con ese nombre ya barruntaba tragedia!  El caso es que congeniamos enseguida y esa noche acabó con una lluvia de ideas de lo que sería nuestro futuro negocio común: las apuestas.
Convertimos un negocio tradicional y con mala prensa, en algo novedoso por arte de Alfonso y patrocinio mío, y claro está en una manera excelente de ganar dinero en estos tiempos tempestuosos. Y es que a pesar de que los chinos eran los reyes de las apuestas deportivas, fuimos los primeros en copar el mercado con apuestas atmosféricas. Sí, ¡cómo lo oyes! ya se, ¡una locura!, pero funcionó. 
Bajo el paraguas de una sociedad de apuestas inversora, intentamos capear el temporal del desplome del parqué bursátil. Emitimos unos bonos (con cantidades que iban de 50 euros hasta 50.000) que dejamos en la nube, ya sabes que desde que se puso de moda en el 2015 su crecimiento fue brutal. A cada cliente le dábamos un mapa con unas instrucciones sencillas, de cómo situar sobre el mismo su inversión, a través de unas isobaras. De tan sencillo, parecía un juego de niños. Seguro que tú también hubieras caído de haber estado aquí.
      Apenas nos costó abrir mercado, el clima que se respiraba hace una década, propició nuestro crecimiento y la novedad que ofrecíamos  en un mercado con ansias de novedad, no se hizo esperar. La construcción, como recordarás, cayó a la velocidad del rayo, fulminando cualquier posibilidad de mejoría. Y la bolsa se ahogó en sus propios índices, los bancos dejaron de ser garantía para los pequeños inversores… supongo que te llegarían noticias de este panorama tan desolador.
    A nuestra subida como un spunik contribuyó de manera especial la publicidad del director que ganó el Goya en el 2025, ya no recuerdo su nombre, la verdad,  pero nos dio las gracias en su discurso, por haber recuperado la totalidad de la inversión apostando con nosotros. Publicidad en máxima audiencia. Eso fue un subidón estratosférico.
     Durante cinco años no tuvimos problemas, la afluencia de pequeños inversores era continúa. No teníamos problemas con la ley, no era una actividad incluida en los controles anuales que la agencia tributaria hacía como auditores. Ya sabes, que los casos de corrupción que se destaparon en el verano del 2030 cambiaron nuestro panorama y yo no lo vi venir, te juro que no lo vi, mi socio sí, tanto que desapareció, como un barco bajo la niebla.  Me quedé paralizado, ¿te lo puedes creer, conociéndome como me conoces?
        Nos cortaron el grifo, la clientela se precipitó a recuperar sus inversiones. Y ahí empezaron mis problemas. Con mi socio huido, yo sin reflejos y sin fondos (Alfonso se había llevado el fondo de garantía mínima que nos exigía la ley). La gota que colmó el vaso, fue su impunidad para convertirme en autor intelectual y material de la idea;  pasé de ser un brillante inversor a un estafador y,para colmo, estafado. Convertido en hombre de paja, y a merced de las inclemencias y trucos sucios del que fue mi socio…y en el preso más popular de la cárcel de Soto del Real.

        Desde aquí te escribo amigo y mientras lo hago, miro el cielo, no he perdido todavía la costumbre de apostar cuando caerá la próxima lluvia. A menudo sueño con tsunamis que arrasen todo y no dejo de oír el refrán que tanto le gustaba al gallego: "Mucho vuela el viento, pero más el pensamiento"


Oscar Lago.

jueves, 11 de febrero de 2016

LA PUBLICIDAD NO ENGAÑA

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   Ayer acudí como cada año, a mi cita con la Escuela de Escritores, para disfrutar de una jornada de puertas abiertas que sobre el Máster de Narrativa daban y a cuyas pruebas de selección me presento anualmente, y que hasta ahora no he podido aceptar la plaza asignada por falta de horario y dinero (estoy por hacer un crowfunding entre colegas).

   También quedé con Rosa Montero, ¡qué energía desprende y qué gusto da oírla! Su intervención sobre el proceso creativo, un regalo y su opinión sobre la mirada de los que habitamos mundos paralelos, una verdad como un puño. 

   Y descubrí a un fotógrafo americano, con padre psicoanalista y consulta en el sótano de la casa familiar, que sirvió de inspiración para este apunte sobre publicidad.

LA PUBLICIDAD NO ENGAÑA 
   Leyó de nuevo las instrucciones del fregasuelos. Se agachó para comprobar el estado del parquet.
   - ¡Coño, pues es verdad, brilla! ¿y la fregona?
   Abandonó la postura tan incómoda que todo su desconcierto le había hecho mantener y vio al otro lado del salón una luz tenue en la cocina.


Foto de Gregory Crewdson


jueves, 4 de febrero de 2016

MELENAS A GOGÓ

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I

Era más fuerte que yo: cada vez que conocía a una muchacha se la presentaba a Rigamonti; y él, regularmente, me la soplaba. ¡Estábamos condenados a entendernos! Así era nuestro trabajo, de nada servía lo que yo opinase de sus procedimientos, lo importante era el resultado y, hasta la fecha, seguíamos siendo los mejores con las pelucas. Recuerdo la entrevista en la que me preguntaron, cómo me inicié en tan peculiar mercado; si tuviera que buscar una razón, probablemente sería la imagen de Gina, (prima tercera por parte de padre), en la playa del Lido, en el verano del 77. No era una gran melena (eso lo sé ahora), fue el efecto de su pelo mojado sobre la espalda y los cientos de riachuelos que la recorrían, lo que me turbó. Aunque esto último, tardé en comprenderlo. Estudié ingeniería, como era de esperar, ya que era primogénito. Me licencié cum laude y ejercí durante diez años. Hasta que la imagen de Gina, mi tropiezo con Rigamonti  y el peso de mi apellido se conjuraron.
  
II
  
Nuestro encuentro fue de impacto. Montibello, andaba siempre mirando al suelo con tanta intensidad, que parecía ser capaz de ver el núcleo mismo de la tierra. Fue en la esquina de la strada Pettine. Se disculpó. Me ayudó a colocar, en mi trasportín, las cajas. Una se abrió y la curiosidad le pudo más que la timidez. Me acribilló a preguntas de toda índole, acerca de su contenido ¿cómo se conseguía el pelo? ¿Con qué se cosía? ¿Qué productos se ponían para que se mantuviese sedoso?. Le tuve que frenar, llegaba tarde a la entrega. Ante su insistencia, quedamos en el café “Il Barber” al día siguiente. Fui contestando pacientemente cada una de sus cuestiones. Menos una.

III

-¿Te lo puedes creer? Te aseguro que todavía estoy en shock. Si es que… no sé ni cómo pasó. Vente a casa y te lo cuento, anda.
-Dame diez minutos- contestaron al otro lado del teléfono.
-A ver si me aclaro, Gina, estabas en el café “Il Barber” con éstas y sentó con vosotras, ¿así, sin más? ¿y qué hiciste?- preguntó la vecina
-Pues lo primero pedirle que se presentara, ¡era tan guapo! y, luego claro, que nos explicara por qué lo había hecho. Pero no nos dio oportunidad. En cuanto le dije mi nombre, empezó a preguntarme sobre el champú que usaba, cómo mantenía mi moreno, cada cuánto me lavaba el pelo… ¿es raro, verdad? Pero no acabó ahí la cosa. No dejaba de dar la tabarra con su amigo Rigamonti. Tanto insistió que accedimos a que viniese.
-¿Y qué pasó, vino el amigo?- seguía preguntando la vecina, cada vez más intrigada.
-¿Que si vino? Lo que vino fue un armario de dos por dos, de ojos pequeños y nariz prominente. Montibello, el guaperas, nos presentó a su amigo.
-¿Y qué pasó, Gina? ¡Cuéntamelo ya!, ¡me va a dar algo!-contestó de nuevo.
-Allí estuvo, sentado como un pasmarote sin decir nada. Se levantó y le sopló la oreja a su amigo. Luego se fueron.
- Entonces…¿tú crees que han podido ser ellos?- 
- Montibello, el guaperas, me pidió el teléfono. Ayer llamó para vernos.  Quedamos de nuevo en el café. Y ¡no recuerdo nada más!¡Nada más!

Gina, empezó a llorar, tocándose la cabeza, por si  aparecía de nuevo su hermosa melena.