jueves, 26 de mayo de 2016

¡ LÍNEA!

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Pepita solicitó mi compañía, para acudir al Foro de ciencias ocultas y espirituales que anualmente se organiza en Madrid. A pesar de los buenos augurios que me había pronosticado la santera cubana, salí de allí igual que entré: agnóstica perdida.
-Se presentará como una famosa vidente y te dará a conocer el nombre de tu amor verdadero, ¿lo ves?, aquí lo pone, me dijo señalando una de las caracolas de mar esparcidas por la mesa.
Tenía guasa que a mis taitantos años (una mujer jamás revela su edad) me descubriese  tal misterio.  ¿Y si estaba muerto? ¡Menuda faena! peor, ¿estaba con alzhéimer y no se acordaba de que yo era su verdadero amor?, ¿y si fuese una mujer y tuviese que salir del armario? ¡Con la de artrosis que tengo! ¡Qué pereza!… Fui deslizando, con mucha sorna, éstas y otras preguntas a mi Pepita querida, entre pastas y sorbos de té.
Ella, ¡tan crédula!, tan obediente con los dictados de sus santos preferidos y de sus gurús en quiromancia. Se entregaba con igual pasión a ambos. Que había que llevar huevos a Santa Clara, para que en la comunión del nieto de Piluqui no lloviese, allí estaba ella. Que había que hacer cola en la Ermita de San Isidro para recoger agua y evitar los males de garganta, madrugaba la que más. Que las lámparas de sal eran buenas para quitar las jaquecas, ya se ocupaba de comprar una para Cuchita. Que lo mejor para la protección del hogar era una ramita de muérdago (regalada siempre) detrás de la puerta de la entrada pues nos organizaba el juego del amigo invisible para que ninguna de nosotras se quedase sin ella….. La lista era tan larga que nuestras meriendas, en el Bingo, se convertían en clases magistrales de rezos y hechizos diversos.
¡Sí! Eso era lo que nos unía: ¡el bingo!  Allí acudíamos cada tarde con las gafas bifocales bien limpias  y con los bolígrafos pasados por el manto del mismísimo San Judas Tadeo, detalle de nuestra Pepita querida. Dispuestas a cantar unos cuantos, soñando convertir la pensión, por arte de línea y bingo, en un gran viaje a Benidorm a cuerpo de reina.

Se unían a nuestras tardes: Piluqui y Cuchita, devotas en su caso de El Corte Inglés. No había nada en sus vidas que no hubiese salido de esos grandes almacenes. ¡Cómo no han contado con nosotras para el anuncio del setenta y cinco aniversario, pero si fuimos las primeras en tener su tarjeta, decían al unísono.
El azar se escapaba cada tarde entre cartones y copitas de Marie Brizard, hasta que siguiendo las instrucciones del nuevo maestro de feng-shui de Pepita, nos sentó como sigue: Piluqui al este, Cuchita al oeste, Pepita al sur y servidora al norte. ¡Ese día cantamos dos líneas!¡Estábamos como locas de contento! Las semanas siguientes mantuvimos las posiciones y al mes nos llegó el ¡Bingo!¡Qué emoción! ¡Qué alegría!¡Menudo Bingo¡ ¡Tiembla Benidorm!
Y entonces ocurrió. El camarero se acercó con cuatro copas de champán que no habíamos pedido.
-De parte de la mesa seis-nos dijo.
Las cuatro miramos con sorpresa y curiosidad a sus ocupantes: tres jóvenes guapos a rabiar,  acompañaban a una mujer de nuestra edad. Se habían levantando y avanzaban hacía nosotras.
-Queridas, llevo semanas observando vuestra técnica, mi más sincera enhorabuena, soy Divine, la famosa vidente de las madrugadas de la tele. Pepita me dio un codazo en ese momento que todavía me duele.
Y continuó:
- En concreto a ti, Pitu.
¿Pero quién le había dicho mi nombre?, pensé.  Tengo un mensaje para ti. Tomó mi mano, me miró a los ojos y sentenció:
- ¡Tu amor verdadero es….!
-¡BINGOOOO!- gritaron en la mesa de al lado.
Así supe que el bombo, los cartones, el ruido de la sala, mis amigas y sus copitas a media tarde eran  la causa de que mi corazón palpitase cada día con más fuerza.



jueves, 5 de mayo de 2016

EL PRÍNCIPE

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No hay nada como saber, cuándo vas a morir, para ocuparte de los asuntos más tediosos del reino, como comparecer en la rueda de prensa relacionada con la noticia publicada en todos los medios: “Los hombres no tienen sangre”.
Mi nombre es Adán I y soy el príncipe de Liechtenland.  La mayoría de la gente ni siquiera es consciente de nuestra existencia no nos prodigamos mucho en ferias de turismo y hemos hecho del secreto bancario nuestra bandera.
De mi padre aprendí todo lo que soy como monarca. También que los secretos no duran eternamente. Y el nuestro nos llevó a descuidar otros aspectos de la economía del país.
En un territorio como en el que reino, donde hay más empresas que personas, me enfrenté por primera vez en nuestra historia, a un serio problema de liquidez. Tanto nos habíamos preocupado de guardar los secretos de otros, que cuando se destapó la trama de blanqueo de capitales, rápidamente nos señalaron en el mapa. Y nuestros inversores, asustados ante la posibilidad de que sus nombres se revelasen, decidieron retirar sus depósitos y extinguir sus sociedades. Mi reino carecía de fuente alternativa al producto interior bruto (PIB) y aunque seamos un país pequeño, apenas una extensión de ciento setenta kilómetros cuadrados, tenemos grandes necesidades.
Tomé una decisión difícil, estrambótica quizás, pero absolutamente necesaria. Acudí a las oficinas centrales de una conocida cadena de clínicas de reproducción asistida, para ofrecer el semen de mi pueblo. Como les informé en la reunión concertada, mis conciudadanos están acostumbrados a practicar esquí, cuentan con una buena alimentación gracias al ganado vacuno que pasta en nuestras montañas y son una población joven, con lo que les garantizaba una extracción de calidad y numerosa. Con su pago haríamos frente a las necesidades más urgentes que mi pueblo requería. Sabía de la provisionalidad de la medida pero confiaba en la buena calidad del fluido, en la repetición de las extracciones y por qué no decirlo, en extender nuestros genes por el resto del continente.
Mi pueblo participó con gran alegría en tan peculiar convocatoria. Tuvimos un revés, las primeras muestras analizadas por la compañía,  no fueron muy satisfactorias. En nuestra íntima cosecha había cantidad pero la calidad no era buena. Argumentaron que a pesar de ser una población joven, durante años, no nos habíamos mezclado con otros individuos, que teníamos antecesores comunes y eso era causa de la baja calidad.
De nuevo me devané los sesos para conseguir la liquidez que tanta falta nos hacía. Promulgué un Decreto convocando a todos los varones, mayores de edad y de más de cincuenta kilos de peso, a donar su sangre. El total de las extracciones iría a parar a un hospital cuyo nombre mantendré en secreto (hay costumbres que no se olvidan).
Sé que moriré dentro de una semana y la rueda de prensa ya ha tenido lugar. El tiempo apremia, he procurado que mi hijo, Adán II, tenga los recursos necesarios para continuar reinando. El contrato con el hospital, tiene una duración de diez años; tiempo más que suficiente para buscar otras alternativas al mantenimiento de nuestro PIB. Mientras mis conciudadanos tendrán que seguir dejándose la sangre por su país.