martes, 9 de mayo de 2017

FRANKENSTEIN

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FRANKENSTEIN

   Una semana he tardado en armar la mesa, como si se tratase un mueble impronunciable al que acompañan unas sencillas instrucciones, en teoría. Victor Grippo propone la suya y es hermosa, sencilla en su estructura, material y diseño con el único adorno de un cajón.

   Mi mesa, es un frankenstein de madera que cobra vida con los impulsos eléctricos de mis neuronas al recordar cada una de sus partes: las peanas cuadradas y robustas de roble, donde jugaba a inventar un mundo diferente para las muñecas que bajo ellas escondía, en el piso de barrio; un tablero rectangular grande, de formica, que acogió el cuerpo de mi abuelo paterno en su velatorio, en la planta baja de la casa del pueblo; un tablero, esta vez circular, bajo cuyas faldas calentábamos pies y piernas la tardes de visita a mi abuela materna; el mármol frio de la mesa de la terraza en la casa de veraneo, que invitaba a tomar helados y dejar las mejillas pegadas en las siestas calurosas mientras los demás dormían; el banco de cocina grande y espacioso, en el chalet, donde mi madre me enseñaba los efectos de la levadura sobre la harina; las sencillas borriquetas que sustentaban el cristal templado y se convertían en pieza de diseño cuando abandoné el nido familiar para crear el mio. Y por último, la mesa sobre la que escribo, leo y como a diario, herencia familiar de estilo castellano, con sus bases en forma de lira y sujetas por un par de hierros que me recuerdan a las espadas que ocultaban bajo sus capas, los caballeros castellanos.

   En otras mesas más me he apoyado y otras muchas vendrán. ¡Frankestein seguirá.!
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jueves, 26 de enero de 2017

NOSOTROS SOMOS EL JARDÍN

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NOSOTROS SOMOS EL JARDÍN

Eligió la piscina por las manchas de humedad del techo, nadó muchos largos boca arriba hasta que dibujó el mapa de su vida en él.

Llegó puntual y con la parsimonia de los martes y jueves, se quitó la ropa con cuidado, doblándola y amontonándola en la pequeña taquilla que siempre encontraba libre. Se enfundó el bañador deseando alcanzar el agua para que las costuras no le oprimiesen. A pesar de su cojera, sus movimientos eran rápidos, con el gorro ya colocado y  las gafas en la mano en busca de la ducha más cercana, enseguida se zambullía. Entonces dejaba que el agua le cubriese por completo durante unos veinte minutos, dando tiempo a sus oídos a descansar de su jornada al teléfono.

El primer largo siempre a crol, los pies sin parar de moverse y las piernas a un ritmo acompasado con los brazos y el azul oscuro del azulejo en el suelo como guía. El segundo, a braza, acometiendo de nuevo el largo, intentando alcanzar con las manos las anillas de corcho que separan cada calle. Y con el tercero daba comienzo el verdadero viaje, de espaldas, con las gafas sobre el gorro, aleteando sin parar los pies, y los brazos relajados, los oídos sumergidos escuchando el motor de la depuradora y los ojos disfrutando del paisaje, de esas pequeñas manchas de humedad que largo tras largo se convertían en figuras conocidas primero y reconocidas después, en las que iba marcando el mapa de su vida.

 Hasta el cuarto día no vio en la primera mancha una nube, como las de su país en los días de sol: grande y esponjosa. La montaña tardó más en aparecer, necesitó un par de semanas para verla, con tanta claridad, que casi se asustó.

 La luz de los jueves era más tenue y bajo ella, las manchas le recordaban a la playa donde se crió. El color del techo, a la tierra de la prefectura de Fukushima, tras el accidente de la central. Los martes trabajaba todas sus articulaciones y grupos musculares, para dejarse fluir los jueves, por un pasado silencioso que sólo encontraba voz en el techo de una piscina. https://ssl.gstatic.com/ui/v1/icons/mail/images/cleardot.gif