jueves, 25 de abril de 2013

LA RUTINA DE UN SEMIDIOS

  
    Acudió una vez más a su cita. El ritual se repetía semanalmente. Ella se desnudaba y se tendía sobre la camilla; él solícito le preguntaba por su días,  le acomodaba la almohada y pasaba a la acción. 

    Êl usaba sus dedos con pericia, buscando el punto exacto donde se hacían necesarios, como si de un zahorí se tratase. Una vez hallado, volvía a asegurarse, presionando nuevamente y era entonces cuando usaba el instrumental: una fina aguja de acero inoxidable, introducida de manera precisa.

    La respuesta de ella era clara: el calambre señalaba la profundidad de la aguja. Pasado éste, se volvía a relajar. Y así centímetro a centímetro de su piel. Entonces él dejaba a oscuras la sala. Ella, sabiendo que su cuerpo debía estar en reposo, ponía a funcionar la mente. 

    La batería de preguntas siempre era la misma: ¿Por qué? ¿Por qué a su madre se le olvidó? ¿Por qué necesitaba paliar ese dolor? Cansada de hacerse las mismas preguntas, soñaba con un final diferente. Era de la opinión que sabiendo su destino, podía cambiarlo, si no ¿para qué servían los oráculos?. 

    Y allí estaba, en la consulta del acupuntor, para evitar que su talón no fuera su punto débil, para paliar el olvido de su madre Tetis, cuando la sumergía en la laguna Estigia, para no morir de una flecha en el asedio a Troya, para seguir siendo la más veloz de las mujeres. ¡Sí!, Aquilina sabía por el oráculo que pasaría a la historia de la mitología como hombre y que moriría joven de una flecha en el talón. Lo primero no la importaba nada, pero lo segundo...¡quería llegar a vieja!. Elaboró su plan, fortaleció sus talones con acupuntura y logró ser centenaria.

    El día de su fallecimiento uno de los nietos, jugaba con su arco infantil, no necesitó que nade le disparara, tropezó con su destino.





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